La verdadera historia del MAGO MERLIN IV ( La enfermedad de Alionin )




La enfermedad de Alionin


  Oí el silbido de la caída libre del cuerpo sin vida del pajarillo al perder el equilibrio desde la rama. Abandonado a la fuerza de gravedad, sus alas inertes, se desplegaron azules en su último vuelo en la oscuridad que envuelve la muerte que alentándonos nos orienta hacia la frontera de la tierra del hielo, invernadero de almas, donde el tiempo del frío las congela esperando el deshielo de una primavera que les devuelva a la vida.

  Desde que apareció la niña no había dejado de revolotear a su lado, acompañándola a todas partes como un perro fiel, se había convertido en la luz de la penumbra del bosque y su canto hacia vibrar las ramas de los merejos como notas de alegría que no querían otra cosa que arrancar sonrisas a la niña. No faltaba cada mañana a la cita del ceremonial de limpieza, él también se zambullía en el torrente de agua como compañero cómplice del   ritual.
Durante el día acompañaba a Brígida que así pude saber que se llamaba la niña un día en que vino a visitarla la mujer del rostro oculto, la hojarasca que se dejó arrastrar por el viento, flotando y arremolinándose a mis pétreos pies, compartieron su secreto conmigo.

  Alionín le acompañaba a recolectar las plantas medicinales del bosque, que después secaba y clasificaba en unas alacenas dentro del roble, que desde luego debía de ser mágico, pues no te podías explicar cómo podía meter tantas cosas dentro de un árbol de apariencia normal, con una puerta invisible para el ojo de un mortal.

   La dieta de la niña era prácticamente vegetariana, así lo había decidido desde que la dejaron en el bosque, aunque hasta ahora había sido muy variada. Echaba de menos los potajes de legumbres y cereales que comía en la cocina de su antigua casa que le preparaba Nonna, que desde que nació había cuidado de ella y a quien tanto echaba de menos, y algún día esperaba volver abrazar. 
La niña recolectaba todos los frutos que las plantas de alrededor le ofrecían y que eran comestibles. Las bellotas eran el alimento fundamental en su dieta, su flor florecía en mayo, pero su cosecha se recolectaba en el otoño del año siguiente, las frescas las consumía crudas, disfrutaba metiéndoselas en la boca recién cogidas, su sabor intenso le impregnaban  su boca y la llenaban de deleite, algunas se le colaban entre las sus dedos y caían al suelo, ella se acachaba sin pereza y las volvía a recoger, no quería que se le escapara ni tan siquiera una. Cuando disponía de tiempo o se aproximaba el invierno con los días cada vez más cortos y  más fríos o necesitaba algo caliente que llevar al estómago, se entretenía en asarlas  o cocerlas en el puchero, con agua del arroyo  y alguna de las hierbas que conservaba para darle sabor, y se bebía el caldo que le reconfortaba y le traía tantos recuerdos que pertenecían al pasado. El resto las almacenaba y dejaba secar para triturarlas y convertirlas en harina para hacer pan de bellotas que era muy nutritivo, con la miga suelta y perfumada, su aroma de hogar envolvía al árbol. Le gustaba untar el pan con “la miel dorada del roble” que brotaba de las ramas que habían sido arañadas por el hongo yesquero, estas se defendían produciendo unas agallas con forma de pelotitas blandas de aspecto lanudo y de color amarillo, con el mismo tacto viscoso y sabor dulzón que la miel, que ella solía llamar “el roció de la miel”.
  Las castañas que caían de los castaños que compartían el espacio en el bosque con los robles, le sabían a manjar, así como los frutos silvestres de las moras, y las bayas de arándanos rojos o azules que compartía con Alionín mientras descansaban entre los arbustos cercanos que crecían silvestres.

  Desde hacía varios días Alionín había perdido el apetito y rechazaba cerrando el pico las lombrices y lo escarabajos que la niña le ofrecía, esa tarde se había acurrucado callado entre las ramas de la casa árbol buscando la paz del silencio.
 Ella debió de oír también el golpe seco contra el suelo del cuerpo petrificado del pajarillo, porque salió del árbol con mucho sosiego y lo recogió del suelo con sumo cuidado entre sus temblorosas manos, improvisando un ataúd  para el desdichado, que yacía inerte con la cabeza ladeada de color azabache a igual que su pico y su cola y con el pecho de color amarrillo donde le cruzaba una mancha de color negra que se asemejaba a la marca de la muerte que le había arrebatado la vida. Al cruzar la línea de la puerta vi cómo le daba un soplo de vida con su aliento, las plumas esponjadas por causa del mal en su pecho inmóvil, revolotearon como si atesoraran todavía vida, pero volvieron a posarse con dócil resignación, a la vez que la niña le susurraba como si la pudiera oír: - “Mañana al amanecer volverás a cantar mi Alionín con tus alas azules que ahora palidecen y recobraras la intensidad del color azul de tu manto para que brilles entre las nubes del cielo mientras vuelas”.
 Y prosiguió “con el poder y la energía que me otorga mi padre el sol yo te libero de las sombras del sueño encantado que te han llevado a deshora al descanso infinito del Otro Mundo que te alejan de mí lado y te recuperaré a la luz de la vida mañana al amanecer con los primeros rayos de sol para que seas mi compañía”.
Con su primer aprendizaje de la soledad fría y desangelada y con el cuerpo inexorable de su amigo cercano a su corazón, Brígida se refugió dentro del árbol.

La luna que esa tarde apareció más temprano que de costumbre, la contemplaba complacida al descubrir que tenía una joven aliada cuando el aire le entregó las últimas palabras que la niña había dedicado al pajarillo, y las recibió con un asombro generoso, al adivinar, que tenía ante sí una pequeña Diosa que aprendía su oficio día a día.

Continuará…..







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