La verdadera historia del MAGO MERLIN I (La mota de polvo)

                                                         


                                          La mota de polvo         



  Soy una mota de lodo, hija del agua y de la arcilla, nutrida con esencias minerales; mi base es redondeada, ligeramente asimétrica; vivo entre las piedrecillas de diferentes tamaños donde predominan las pequeñitas y agrisadas, en la senda, que cruza el robledal, formado por unos troncos, que después de repetidas visiones, otros llamarían alucinaciones, de noches desgarradoras, el sufrimiento los ha ido modelado con formas tortuosas, y sus cortezas han adquiriendo unos tonos verdes, que la turbación ha pigmentado de  un gris oxidado, que no les ha permitido lucirse en todo su esplendor, terminando por  mimetizarse con el clima que les ha tocado en suerte, adquiriendo un tacto rugoso y áspero.

  Sus ramas aéreas crecen pugnando las unas junto a las otras, con el afán de vislumbrar el horizonte del mar, que inocente, simula una línea recta que se confunde con las nubes, y otras con trazos curvos, aspira a cerrarse sobre sí mismo. La frescura del olor a humedad de la penumbra, me estimula para la meditación y el estudio reflexivo, y con la humildad del ego de mi alma escribo un libro mudo, de páginas invisibles, sobre la historia de este bosque "encantado".

  Mis orígenes provienen de una gran roca milenaria entorno al s. VI, eran tiempos difíciles para las personas, las criaturas más indefensas de un bosque, que crecía salvaje, a su antojo, con los únicos límites que le imponía la naturaleza; estaba poblado por infinidad de seres, humanos, animales, mágicos, y más,  que no me atrevo a nombrar para que no pongan en duda la capacidad de mi raciocinio. El más famoso y que nunca caerá en el olvido, el cual su memoria se recordará  y se venerara  por siglos, Merlín, y la que con el tiempo sería su amada. Yo y mi recuerdo, conocemos mejor que nadie la verdadera y única historia del mago Merlín.  

  El día comenzaba en este Bosque de Gales, dejado de la mano de Dios, era una mañana gélida, de las últimas del invierno, cuando las hojas de los árboles agotadas por el mal tiempo, pedían a gritos que unos rayos de sol,  juguetearan con sus ramas y les dieran  un poco de aliento caliente; Me desperté por el roce de las telas del dobladillo de una falda, eran de una chiquilla que estaba naciendo a la adolescencia, en sus manos llevaba un paño harapiento que envolvían un mendrugo de pan, su mirada era de miedo a lo desconocido, no de espanto a la penumbra y la soledad del lugar, se diría incluso que no le disgustaba. Estuvo merodeando por el lugar en busca de cobijo donde refugiarse del frío, de las inclemencias del clima, y de los peligros de la noche. A pocos   metros de distancia de donde yo dormitaba.......

continuará

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